El sectarismo de la llamada memoria histórica y el afán revanchista de algunos escritores de segunda y tercera fila continúan en su afán de modelar la historia y expulsar del Olimpo de lo convencional a todo aquel que se salga de la norma, o mejor dicho de “su norma”. Pero la obra es tozuda y su conexión con el tiempo y la gente no depende de las obligaciones o de las listas oficiales, tampoco de la vida personal del autor. Por ello se puede navegar en obras maestras sin la obligación de comulgar con sus ideas y sin la devoción de borrar aquello que pueda no gustar en un momento determinado. Se trate de Eisenstein o Alberti, De Mille, Visconti o John Ford, Lope o Calderón, Eugenio D, Ors o Salvador Dalí, Umbral o Manuel Machado. También, por supuesto, José María Pemán, cuyo valor no depende del juicio que emitan políticos interinos o historiadores convencionales.

En junio 2021 un ignorante ( que al parecer ocupa todavía la alcaldía de Cádiz ) ha ordenado retirar la placa conmemorativa del gran escritor .   Confiemos vuelva a ser respuesta cuando el autoritario  ordenante haya abandonado su puesto actual .

 

Yo te siento en la rosa.
Tanto más grande siento yo mi alma,
cuanto son más pequeñas
las cosas que la mueven.

¡Ay esas almas lentas
como animales hartos,
que van a Ti pisando mansamente
sobre el fango sonoro y necesitan
para reconocerte
la voz de la tormenta o la engolada
frase inmensa y solemne!

Señor:
Yo te siento en la rosa
y en la nieve
y en la rama sin flores
y en el plátano verde
que sombras, en el centro
de la plaza, la fuente.

Jose María Pemán nació el 8 de mayo de 1897 en Cádiz. Murió el 19 de julio de 1981 después de una vida larga y fecunda en la que llegó a codearse con las primeras figuras de la sociedad española, desde el propio Franco hasta Don Juan de Borbón, a cuyo Consejo Privado perteneció durante décadas. En 1944, a la muerte de Rodríguez Marín, Pemán es nombrado presidente de la Real Academia, pero en diciembre de 1947 renuncia voluntariamente a tal cargo para que le fuera otorgado el honor a Ramón Menéndez Pidal.

 

La obra de Pemán es diversa y variada. El autor se consideraba a sí mismo sobre todo poeta y dramaturgo, pero también ha cultivado la novela y el relato corto, el ensayo filosófico y político y, por supuesto  el periodismo (son clásicas sus famosas Terceras en el diario ABC).

Pemán y Raphael  ( el poeta escribió un bello soneto a Natalia Figueroa el día de su boda )

Luis María Anson recordaba  las palabras de Umbral de que “Pemán es el mejor articulista de la historia del Periodismo español por encima de Larra y Cavia«. «Fue también el autor de Las soledades del Rey un orador excepcional, un dramaturgo sobresaliente, un ensayista destacado, un poeta estimable y un discreto novelista«, escribe Anson.

Francisco Umbral, artista de la palabra y diseccionador de casi todos los escritores del siglo XX dejó escritas bellas palabras acerca de Pemán:

Había leído tanto sus terceras de Abc que me fui a Jerez para conocerlo, para hacerle una entrevista, allí, en su salsa de caballos y veleros, de limpiabotas y campesinos redichos que habían leído a Pemán. Sobre la mesa del despacho tenía un crucifijo y una foto dedicada de Jean Cocteau. Eso era Pemán. Un cruce de esnobismo francés y catolicismo provinciano, de vanguardia parisién y Rocío.
(….)
Es curioso cómo en la literatura se puede tener amistad a distancia con un maestro sin aceptar nada de su magisterio. A mí, de Pemán, lo que me interesaba eran los resortes de su articulismo, el minué entre ingenio y trascendencia, entre gracia y pensamiento, mixtura de donde siempre sale un lírico civilizadísimo, un ácrata correctísimo, que es lo único que se puede ser en este mundo de barbarie digital.

Y continuaba Umbral su reflexión que debiera ser leída y comprendida -¿tal vez sea pedir demasiado?- por los partisanos de la memoria histórica:

Pemán es la memoria olvidada del franquismo, cuando en realidad era un ingenio volteriano de derechas con mucha cultura y mucha gracia, un De Maistre o un Claudel o un Montherlant, uno de esos grandes derechistas franceses a quien todo el mundo reconoce el talento, aunque nadie vaya a misa. Pemán, bien leído, está mucho más cerca de Voltaire que de las monjas Oblatas. Quiso hacer un volterianismo de derechas, como d’Ors, pero no le entendieron. A mí, ya digo, me enseñó los resortes más profundos del artículo, ese ir y venir de las ideas que al final da una obra maestra. Una pequeña obra. No hay mucha gente que haya escrito como Pemán en España.

Su primer libro, La vida sencilla, tuvo una acogida fervorosa; se agotó inmediatamente y la crítica, al referirse a él, consideró que se trataba de la revelación de una nueva voz poética con singulares valores. Manuel Machado apuntó con acierto el estilo lírico del autor gaditano: «…en la búsqueda de sí mismo que todo artista emprende de muchacho, Pemán se dice influido por cierto linaje de poetas y de poesía inmediatamente anterior a su hora: la castellanidad pegujalera de Gabriel y Galán y el dramatismo castúo de Chamizo, Medina, Sotomayor…, y aun declara deber su primer gran triunfo a una composición, titulada El Viático, y que, en efecto, recuerda mucho a El embargo, de Gabriel y Galán. También nos habla de sus coqueteos con la Musa nueva, a través, principalmente, de Rubén Darío”.

Pemán cultivó la amistad de muchos intelectuales de su tiempo, exhibió siempre bonhomía y talante liberal sin importarle la procedencia del escritor o el artista que acudía a cobijarse en su sombra. El fugaz Pemán político de la anteguerra se ha difuminado y lo que aparecen en el recuerdo es la gracia de sus versos, la hondura de piezas teatrales como El divino impaciente o la brillantez habitual de sus artículos periodísticos.

Es cierto que no rehuyó en los tiempos bélicos la poesía épica (como hicieron otros eximios poetas): El Poema de la Bestia y el Angel se publicó por primero vez en 1938 en Ediciones Jerarquía. Es uno de los libros más representativos de la literatura exaltadora del bando nacional: primitivismo, antimaquinismo, un nuevo amanecer, la pérdida de las glorias imperiales… Es un poemario a disfrutar si no se tienen prejuicios.

La cultura se sitúa por encima de los avatares temporales y la obra permanece –cuando emociona– en el sentimiento. Como su famosa Soledad:

Soledad sabe una copla
que tiene su mismo nombre:
Soledad.

Tres renglones nada más:
tres arroyos de agua amarga,
que van, cantando, a la mar.
Copla tronchada, tu verso
primero, ¿dónde estará?

¿Qué jardinero loco,
con sus tijeras de plata
le cortó al ciprés la punta,
Soledad?

¿Qué ventolera de polvo
se te llevó la veleta,
Soledad?

¿O es que, por llegar más pronto
te viniste sin sombrero,
Soledad?

Y total:
¿qué mas da?
Tres versos: ¿para qué más?
Si con tres sílabas basta
para decir el vacío
del alma que está sin alma:
¡Soledad!

EL FANTASMA Y DOÑA JUANITA

Su primera novela fue Romance del fantasma y doña Juanita (1927) en la que se basa la película de Rafael  Gil. En 1940 la editorial Escelicer había publicado una preciosa edición de la obra.
Gil, entusiasmado con la historia, escribiría en el programa de cine club del CEC en 1949: “Yo había soñado con esa poesía infinita de lo impalpable, de ese escalofrío íntimo que a nadie confesamos, de esa angustia estremecedora que de pronto nos produce lo sobrenatural al mezclarse con lo cotidiano. Yo había soñado también con la ternura de la muchacha dormida en el remanso de la ciudad provinciana, con la nostálgica aventura del circo que pasa”.

El rodaje tuvo lugar entre el 4 de noviembre de 1944 y el 31 de marzo de 1945  en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Gil utiliza a su equipo habitual, aunque en esta ocasión Michel Kélber sustituye a Alfredo Fraile en la fotografía. Obtuvo la declaración de Interés Nacional. En el diario Las provincias (4 junio 1944) el propio Gil desvelaba algunas de sus claves:
“Voy a cuidar mucho la nota poética, pero el ambiente y los tipos secundarios se prestan mucho a la caricatura; pondré en ellos mucho cuidado”.
Pocas veces en el cine europeo se ha expresado con tanta delicadeza, con tanta sensibilidad, la soledad del pobre enamorado, tímido, incapaz de vivir su propia felicidad. La estampa de la ciudad de provincias, los cuchicheos de la gente cuando se produce el idilio, el retrato de los hombres y mujeres del circo, las travesuras graciosas del mono de mirada aguda, todo está maravillosamente descrito en un guión magistral, con unos diálogos de gran belleza literaria (revisados por el propio Pemán) y con una puesta en escena poética y admirable.
La historia se narra en “flash back” con la protagonista, una mujer ya mayor, contando a una joven muchacha sus penas de amores y aconsejándola que no cometa los mismos errores. Es el mismo esquema de la maravillosa Primavera (Maytime) Robert Z. Leonard, 1937, protagonizada por Jeannette MacDonald y Nelson Eddy. En este clásico del melodrama musical la anciana cantante de ópera (Jeannette) recuerda a una joven pizpireta su amor frustrado por un joven barítono años atrás. Ella no se atrevió a vivir su amor, y al final la desgracia, la soledad y la muerte acabaron con su romance. En una escena preciosa y a los sones de la melodía “Will you remember”, los espíritus juveniles de los personajes de Jeannette MacDonald y Nelson Eddy pasean por entre los almendros en flor mientras llueves pétalos del cielo, y la pareja joven se reconcilia y aprende que el amor es lo más importante de la vida.
En esta estructura que Gil adopta de la famosa  película americana,  hay una importante transformación respecto al relato original, en Romance del fantasma y Doña Juanita es un pregonero el que va contando a viva voz los pormenores de la historia ya convertida en romance o leyenda popular. Con la pirueta inicial, que a diferencia de Primavera, posee tono de comedia, el director matiza con notas alegres la evidente tristeza de la historia que a continuación se va a narrar.
El fantasma y doña Juanita es la película más romántica y sentimental de Rafael Gil, uno de sus proyectos más personales donde tuvo la oportunidad de expresar los anhelos de su época de crítico, de acercarse al tipo de cine que más le gustaba y mejor expresaba su ímpetu artístico.
De nuevo el fingimiento articula la acción, el pobre payaso que encarna Antonio Casal oculta su trabajo a su amada Rosita (Mary Delgado), sobre todo por miedo a lo que su padre, el respetado farmacéutico (Alberto Romea) pueda opinar.
El mundo de los sueños y la fantasía que representa el circo envuelve y acaricia el idilio de los dos jóvenes y alcanza su punto álgido en la secuencia espléndida  de los fuegos artificiales. Esta explosión de júbilo y libertad simboliza la fuerza del amor, el deseo de romper las barreras de la realidad para abrazarse a la ilusión. En este instante Gil alcanza la delicada descripción poética de Frank Borzage en Tres camaradas y  Henry Hathaway en Sueño de amor eterno (Peter Ibbetson).
Pero la felicidad parece durar tan solo un segundo y la dura realidad se impone. Llega el momento en que es necesario revelar la identidad del pobre enamorado y éste busca desesperadamente hacerse pasar por el contable sin que nadie le haga caso.
El sacerdote bonachón (maravillosamente encarnado por el gran actor de reparto Juan Calvo, futuro Sancho Panza)  se acerca al circo para investigar la vida del contable, y en una hermosa secuencia digna de Cyrano de Bergerac, el propio payaso le informa del cúmulo de virtudes del contable, una persona encantadora a la que todos adoran y quieren. El sacerdote se marcha encantado pero el payaso comprueba su terrible soledad, la enorme carga de su fingimiento.
Otro de los inolvidables  actores de reparto que brillan en la película es Juan Espantaelón, que encarna al empresario circense Pierre Brochard. Espantaleon (1885-1966) fue un gran actor de reparto y un hombre que en cine trabajó sobre todo con Gil y con Juan de Orduña. Su presencia fílmica era poderosa y solía robar las escenas a los actores que con él compartían secuencia.
El circo sufre entonces un incendio, todos se salvan. Todos menos el pobre payaso al que nadie parece echar demasiado de menos. Y en una secuencia absolutamente genial e inolvidable, asistimos al cortejo fúnebre del muerto, es un cortejo diminuto, triste, la antesala del olvido, un mono dando saltos alocados y la muchacha enamorada contemplando la escena desde una ventana y deseando que el contable aparezca para hacer realidad su amor. Entonces dará comienzo la leyenda del fantasma que acompañará a la mujer el resto de su vida.
Esta secuencia, una de las más hermosas de la historia del cine español desmiente por sí misma los tétricos comentarios que sobre el cine de Rafael Gil han vertido no pocos especialistas e historiadores, anclados en una visión convencional de la crítica de cine, cuando no presa de prejuicios ideológicos.
Es cierto que el fantasma y el epílogo final optan por un tono más ligero que recuerda a El fantasma va al Oeste de René Clair, pero la poesía y la tristeza de la muerte del pobre payaso y sobre todo de su soledad devastadora se han quedado grabadas para siempre en la retina y en la memoria del espectador.  Al contemplar películas como El fantasma y doña Juanita no cabe menos que preguntarse qué tipo de películas españolas habían conocido los críticos e historiadores que casi sin excepción han zaherido y despreciado a toda una generación de artistas y artesanos que hizo su trabajo con dedicación y entusiasmo , a veces en muy precarias condiciones.
Junto a Antonio Casal brilla la delicadeza de Mary Delgado (1916-1984) que ya había trabajado con Gil en Huella de luz y en cuya filmografía cabe destacar Nada (1947) de Edgar Neville y El camino (1964) de Ana Mariscal. El magnífico Alberto Romea (1882-1959) logra una de sus mejores interpretaciones, a la altura de las que lograría años después a las órdenes de Saenz de Heredia (Historias de la radio) y Luis Berlanga (Bienvenido Mister Marshall) que son las que cimentan la imagen que hoy se tiene de él. Y no podemos olvidar a otros actores ilustres como José Franco (1908-1980 ) y Felix Fernández, Nicolás Perchicot e incluso en un papel pequeño el genial e inolvidable José Isbert (1886-1966 ). En la película tambien colabora Enrique Herreros (1903-1977) en un encantador “cameo” interpretando a un faquir. Herreros, publicista, dibujante, director de una película maldita como María Fernanda la Jerezana (1946) actuaría en varias películas de Rafael Gil como Don Quijote de la Mancha o El clavo.  Y en un pequeño papel el futuro galán Conrado San Martin, en el inicio de su fecunda carrera en cine y teatro. Muchos de estos actores de reparto son habituales en las películas de Rafael Gil produciendo ese encanto familiar que se percibe al contemplar hoy las producciones y que revela el clima auténtico en el que fueron rodadas. Casi todos los grandes directores han gustado de formar su propio equipo para lograr que los rodajes fueran lo más perfectos posibles, dando la sensación de unidad y continuidad. A salvo de las diferentes empresas productoras, lo cierto es que Rafael Gil siempre gustó de tener cerca de colaboradores que aparte de grandes profesionales se habían ya convertido en buenos amigos
 
Jose María Pemán tiene un lugar en el recuerdo ; los analfabetos iconoclastas de la memoria antihistórica serán – ya los son en realidad-presa del olvido.

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