o había desembarcado en Madrid (pero había sido un desembarco con muy pocas naves, más bien en chalupa) cuando todavía era un veinteañero (aunque veinteañero algo corrido de años y también de desengaños), atraído por el fulgor del oropel y con la excusa de conocer a Ramiro Cifuentes, el editor de mi primer libro, un volumen de cuentos tenuemente fantásticos que habíamos decidido titular, de común y fatuo acuerdo, «Un debut prodigioso», título que en un principio resultó sarcástico y gafe, pues ni me bendijeron en «Barataria» (que por entonces andaba bendiciendo la novela «transgender» y la poesía tuitera), ni me aclamaron en Fráncfort (tampoco en el barrio de Arganzuela donde por entonces vivía, en cuya biblioteca ni siquiera habían adquirido mi libro), ni me dieron cabida en el elenco o recua de los escritores nocilleros, que ya por entonces tenía su lista de espera, sus oposiciones y concursitos, su escalafón y su división en negociados, sus ascensos y sus cesantías, como cualquier ministerio de cualquier democracia civilizada».
Juan Manuel de Prada, tras El castillo de diamante (2015) recreación de las vidas paralelas apasionantes entre Teresa de Jesús y la princesa de Éboli, vuelve a la época contemporánea en su nueva novela que él mismo ha definido como la más personal de las suyas. Mirlo blanco, cisne negro se dispone así a recrear los turbulentos vericuetos de la vida literaria. Su argumento resume de forma diáfana el escenario y el tono de la novela:
Un joven autor, Alejandro Ballesteros, que intenta medrar en la literatura, conoce en una fiesta a un famoso y veterano escritor caído en desgracia, Octavio Saldaña, y a su mujer. A instancias de esta, el veterano escritor lee la obra que el joven acaba de publicar y, pronto, se deshace en elogios hacia él y hacia su libro. Poco a poco va estableciéndose una relación entre ambos autores: el joven, deseoso de aprender del maestro, y este, apadrinándolo. Cuando el joven autor termina la novela que está escribiendo y se la da a leer al veterano escritor, se desencadena una historia tumultuosa para ambos, en la que también tendrán su importancia tres mujeres: Nieves, casada con Saldaña, Paloma, novia del joven escritor, y Rosario, una poetisa y pintora antigua amante del maestro.
Las páginas de Mirlo blanco, cisne negro destilan literatura y sus palabras prenden como fuego en el lector apasionado. Prada describe el proceso tumultuoso y dramático de la creación desde dos puntos de vista, el del escritor veterano, de vuelta de todo, que regresa a la literatura como un torbellino descomunal derrochando talento y el del joven aspirante que poco a poco intenta encontrar su camino en el universo fascinante de la novela. Ambos son dos caras de una misma realidad: el veneno de la literatura.
Juan Manuel de Prada ha construido una novela que se dirige –como un golpe certero de un boxeador ávido de lucha– al corazón, al estómago y aún al cerebro de quien va desgranando sus páginas. Y lo hace –como en las auténticas obras maestras– desde planos diversos que el lector puede elegir, aprehender o incluso discutir. En primer término, brota una aguda reflexión sobre la literatura en sí y el proceso de su elaboración. El autor se ve vampirizado por los personajes –como Unamuno en Niebla o Pirandello en Seis personajes en busca de autor– pero los protagonistas también sufren el mismo proceso. Alejandro se rinde ante el talento desbocado de Octavio Saldaña que puede haber perdido el control de su vida, pero conserva intacta su abrumadora creatividad que por fuerza absorbe la del joven escritor.
La novela de Juan Manuel de Prada ofrece un tercer núcleo de construcción que echa chispas en la tinta de sus páginas. La descripción del mundo literario, su vaciedad, la dictadura de la corrección política dictada por Barataria y los escritores del sistema que chapotean en la mediocridad e impiden la propagación del talento. Con lenguaje sardónico, ácido, a veces de suave crueldad, y otras divertido y punzante, siempre vivísimo, el lector asiste a la ceremonia de la falsedad en la que el mundo literario ha degenerado sus ritos, sus premios, sus recomendaciones. Las viejas glorias, los escritores nocilleros, los agentes literarios adocenados, el sistema de distribución a las órdenes de los gerifaltes de la moda. Todo un mundo que se quiebra pero que a la vez explota en su interior –aunque lo reprima y lo prohíba– cuando una obra de talento pugna por salir a la luz (Volverán banderas victoriosas de Saldaña). Al final no quedará sino las cenizas, pero como en Quevedo, tendrán sentido. Pueden ser polvo de las palabras, pero son polvo enamorado, es decir, literatura viva y ardiente.
“Intentará destruirte, Álex, como ha hecho con todos los que se han acercado a él. Es un vampiro del talento ajeno y no parará hasta dejarte seco. (…) En medio de la noche tórrida me recorrió un escalofrío, como si la sangre en las venas se me hubiese vuelto escarcha de repente”.
Los conocedores de la obra de Juan Manuel de Prada bucearán en las fantasías perversas de las novelas que se escriben dentro de Mirlo blanco, cisne negro. Esa Madonna veneciana hecha de tempestad, esas banderas victoriosas a las que hallará la muerte. La recreación de las historias dentro de la novela que interpelan a los personajes hasta el punto de organizar un viaje a Venecia o montar un escándalo político cuando los fariseos de la corrección política se lanzan a la yugular de Octavio Saldaña por contar las verdades dolientes de la guerra civil.
Los que se acerquen, con menos historia, a la novela de Prada disfrutarán adivinando interacciones reales de los personajes ficticios: los premios literarios, la emisora de radio, los santones de la memoria histórica, los tertulianos, las consignas de los negociados de Ferraz o Génova, el agente literario, el editor independiente y los voraces tiburones de las grandes ediciones que sirven para la masa su entretenimiento jibarizado. La acción se desarrolla en 2008 y ya el mundo editorial nadaba en la crisis que hoy conduce a la invisibilidad de muchos escritores, a la casi nula distribución de los libros más allá del océano de Internet y a las ediciones minúsculas de las obras previo pago de la misma por parte del autor que recibe así la tirada en su casa para mendigar después su reparto.
Y el escritor, por fin, descubrirá en la novela la contradicción del artista, el drama de las trayectorias que no se pueden abarcar de golpe porque los senderos del jardín se bifurcan y el autor/hombre no puede vivir –a la vez– las vidas de sus personajes. La compleja relación maestro –discípulo, el poder mágico de las palabras cuando salen a borbotones del corazón-. La vida está hecha de palabras, pero también de emociones y realidad. Y a veces su engarce se antoja imposible.
En alguna ocasión he escrito que pese a ser ocho años mayor que él, me siento discípulo de Juan Manuel de Prada y cuando dibujo las páginas de mi obra literaria –dejo aparte el ensayo o la poesía– es el mundo complejo y turbador de sus creaciones el que asalta mi pluma. Y es que a veces las generaciones se vuelven locas ante la propia literatura.
Con lenguaje exacto, estilo personal, humor y capacidad de observación grande que desmenuza y desnuda las pasiones y caídas de los personajes, Prada no olvida nunca que se trata de seres humanos. De ahí la cercanía, la fuerza narrativa, el sentimiento –aún en los momentos más hirientes o sarcásticos– que fecunda las páginas de la novela.
Mirlo blanco, cisne negro (Espasa, 2016) se lee de un tirón, y deja huella. Y el alma del lector rebosa de palabras. ¿Acaso es otra cosa la literatura
